sábado, 20 de septiembre de 2014

Tímido.

¿Por qué el mundo no respeta las sonrisas?

Especialmente las sonrisas que se quedan grabadas a fuego en tu memoria.

¿Por qué los pájaros no dejan de volar, y la lluvia no deja de caer, y el viento no deja de soplar? ¿Por qué sigo caminando a casa, mientras retengo en la memoria la sonrisa que dejaría al Sol avergonzado?

¿Por qué no le digo hola?

Hola.

No. Estúpido. ¿Qué le dices después?
¿Le cuentas la trágica historia de que no has podido rescatar tu mirada náufraga, perdida en el mar de sus ojos?
¿Le dices del sueño que tienes y  lo mucho que estás buscando una cama que se asemeje lo más mínimo a sus brazos?
¿Le preguntas de qué mina celestial extrajeron el mármol de su cuello?

¿Qué se le dice a alguien que sonríe cuando su mirada y la tuya se entrelazan y se acarician, para luego ser interrumpidas por alguna cháchara sin importancia?

Sigues caminando. Te haces preguntas y sigues caminando. Capturas la imagen del momento y sigues caminando. Caes rendido, miras hacia abajo un segundo y sigues caminando. Todo pesa una tonelada, el aire se hace denso, cierras los ojos y rezas a cualquier ente todopoderoso con mil y un nombres y denominaciones para que el momento se repita una vez más. Y para qué. Para seguir observando el cielo y el sol eclipsado en lienzos vacíos situados encima de mejillas perfectamente sonrojadas, ligeramente alzadas por acción de una leve sonrisa cordial, pero sincera, al verte pasar.

Ahora mismo está en mi cama. Y en clase de historia. Y en la plaza del ayuntamiento de este estúpido pueblo atrapaturistas del que algún día me alejaré para reencontrarme con recuerdos de mis días en que sólo observé y no dije hola.

No hay comentarios:

Publicar un comentario